WAYRANOTICIAS- Han pasado cincuenta años, pero la herida sigue abierta. No es solo historia: es memoria viva. Es ese dolor persistente que regresa cada vez que se hace necesario recordar.

El recuerdo de aquel 24 de marzo todavía pesa. La voz neutra de los comunicados oficiales irrumpiendo en la vida cotidiana, anunciando un “nuevo orden” que traía consigo miedo, silencio y oscuridad. El aire mismo parecía cargado de terror. Luego vendrían las justificaciones, el relato perverso que intentó explicar lo inexplicable: secuestros, torturas, centros clandestinos, desapariciones, robo de bebés. Y esa frase cruel que aún resuena: “algo habrán hecho”.

La sociedad quedó expuesta, desprotegida. La democracia, derrotada.

Pero en medio de esa noche aparecieron ellas.

Las Madres de Plaza de Mayo irrumpieron en la historia para cambiarla. Mujeres comunes, atravesadas por el dolor más profundo: la desaparición de sus hijos. Sin embargo, lejos de callar, eligieron enfrentarlo todo.

Buscaron respuestas donde nadie quería darlas. Golpearon puertas, recorrieron oficinas, cárceles, hospitales. Cuando les ordenaban “circular”, ellas lo hicieron… pero nunca para detenerse. Caminaron una y otra vez, con sus pañuelos blancos como símbolo de lucha, convirtiendo el amor en resistencia.

Con el regreso de la democracia, comenzó otra etapa. Bajo la presidencia de Raúl Alfonsín se impulsó el histórico juicio a las juntas militares, un hecho sin precedentes en el mundo. Años después, Néstor Kirchner profundizó esa política al resignificar el rol del Estado frente a los crímenes del pasado. Más tarde, Cristina Fernández de Kirchner consolidó el camino de los derechos humanos como eje central de gobierno.

Sin embargo, la historia no es lineal. El paso del tiempo no eliminó el odio ni la distorsión. Como una gota constante, ciertos discursos han ido erosionando consensos que parecían firmes, instalando dudas, negacionismos y nuevas formas de violencia simbólica.

Hoy, los desafíos son distintos, pero no menos complejos. Ya no siempre hacen falta golpes de Estado para debilitar la democracia. Existen otros mecanismos: la estigmatización, la manipulación, la desinformación.

El “Nunca Más” —construido sobre la memoria de 30.000 desaparecidos— vuelve a ser interpelado en el presente.

Frente a este escenario, la memoria se vuelve una herramienta fundamental. No se trata solo de mirar hacia atrás. Se trata de recuperar el sentido de las palabras, de reconstruir los lazos colectivos, de no caer en la indiferencia.

Por wayra

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