España: El Valencia conquista su octava Copa del Rey y profundiza en la herida del Barcelona

In Deporte

España, 25 de mayo de 2019| 16: 56 PM

Gana la Copa 11 años después ante un Barça al que ni siquiera le bastó con rebelarse.

El Barcelona, en realidad, no murió en Sevilla. Pese a su emocionante reacción, no llegó a tiempo para contener la ilusión de un Valencia que conquistó la Copa 11 años después. Tampoco en Anfield, donde un Liverpool repleto de suplentes dejó en la cuneta a un equipo fantasmal. Este grupo de Valverde, aunque ganó la Liga silbando, aunque insistió en negar su rendición en el Villamarín, concluyó hace un año.

Fue en Roma. Allí donde aquellas caídas disfrazadas de simples accidentes (París, Turín) se descubrieron como trauma. Un dolor que ha acabado siendo insoportable para un puñado de hombres que dejaron de creer. «Y si no sabes a lo que me refiero / es que no sientes la tristeza en el aire». Quizá Ernesto Valverde encuentre alguna respuesta en Bukowski cuando analice el primer acto en el que se decidió la final. Él mismo proclama que esto ya no se trata de deporte, sino de espectáculo. Y la dinámica del show, tan acusada en los banquillos de alta exigencia, acostumbra a llevarse por delante a los hombres que no superan la tristeza.

Estremecía ver a Marcelino García Toral, técnico del Valencia, ya en el amanecer del partido. Gritaba. Se desesperaba. Corregía. Pedía calma cuando él mismo parecía a punto de encaramarse encima de su banquillo del Villamarín sevillano para continuar dando instrucciones. Sus líneas subían y bajaban al vertiginoso compás que él mismo había soñado. El día en que dirigió la primera final de su vida. El día en que ganó su primer título tras 22 años de carrera. El fútbol se trata de eso. Del camino.

Fragilidad psíquica

La extrema fragilidad psíquica del Barcelona, que asomó en el primer tiempo con el mismo gesto compungido de Liverpool, fue aprovechada sin piedad por el Valencia. Marcelino refugiaba a sus hombres en los últimos 30 metros, y esperaba a que los azulgrana, turbados en su ejercicio de pases horizontes frente al área rival, se olvidaran de correr hacia atrás.

Lenglet fue el primero en fallar. Se tiró al suelo sin ton ni son y abrió la puerta del firmamento a Rodrigo. El delantero, tantas veces sospechoso por su escasa contundencia, sorteó bien a Cillessen. Pero remató con la convicción propia de quien intuye el miedo. Piqué salvó el gol en la línea.

Pero ni mucho menos se detendría ahí un Valencia en el que Dani Parejo ejerció un gobierno que tuvo consecuencias en todos los rincones del campo. Uno de los que penalizó su influencia fue Sergio Busquets. El tanto inaugural de Gameiro, de hecho, nació en una pérdida del mediocentro azulgrana, consumido y sin apoyo alguno en la zona ancha. Ni le ayudó Rakitic. Pero tampoco Arthur, futbolista a quien Valverde reclutó pese a arrastrar una pubalgia que minimiza cualquier impacto. Dio la impresión de que el técnico nunca se creyó su propia alineación. Al descanso ya lo había borrado para dar entrada a Arturo Vidal.

Tampoco estuvo acertado en ese primer tanto Sergi Roberto, desubicado como falso extremo, y que descuidó la marca de Guedes. Aunque nada hubiera ocurrido de no haber mediado la fantástica maniobra de Gameiro, imaginativo en el amago y devastador en el remate. Cillessen, que parecía despedirse antes siquiera de acabar la noche, ni se movió.

No reaccionaba el Barcelona. Todo lo contrario. No había más que ver a Coutinho pisar la pelota, pasarla a cualquier compañero que estuviera a un centímetro, y volver a empezar. La modorra también pudo con Jordi Alba, ya señalado en Anfield, y al que Carlos Soler sometió en el segundo gol. El centro atravesó a Piqué, y a su espalda corrió Rodrigo para, esta vez sí, tomar la red.

Pero Messi nunca hubiera permitido caer otra vez a plomo. Sin competir. Sin sublevarse ante un destino que parecía ya imposible de salvar, pese a que quedara aún todo el segundo tiempo por delante. Valverde se corrigió. Encontró metadona en Arturo Vidal y efervescencia en Malcom, que encaró todo lo que Coutinho se había negado a hacer.

Al Valencia sólo podían entrarle las dudas. El miedo, siempre tan pernicioso en las primeras veces. Los futbolistas de Marcelino se dispusieron a resistir frente a su área ante un Barça que comenzó a pensar que aquello tenía solución. Messi, que se había quedado de piedra en Anfield, corrió como si le fuera la vida en Sevilla.

Fue el argentino quien disparó primero al palo, con un rechace que Arturo Vidal no logró aprovechar. Pero el gol del Barcelona acabó llegando aún con 20 minutos por delante. Un córner botado por Malcom lo atacó Lenglet. La madera repelió, pero nadie podría impedir que Messi marcara y llevara al Valencia al borde del ataque de nervios.

La angustia a punto estuvo de consumir a la hinchada valencianista. Guedes erró frente a Cillessen cuando la final había perdido ya el aliento. Cuando la Copa ya era suya. Messi se quedó en el centro del campo. Con los brazos en jarra. Seguro de que, esta vez sí, sus compañeros, y él mismo, lucharon contra la decrepitud. Tampoco bastó.

Fuente: El Mundo

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